Quizá lo alivió la comprensión de saber que lo que más confunde a un hombre son sus propios pensamientos. Su conciencia ocupaba el lugar en el que debia estar el alma de su pequeño. Ahora los ojos de Orestes cargaban la mirada de Esteban, y Esteban ahora se llamaba con el nombre que él había elegido para su hijo.
Se sentía sucio al corromper la piel de Orestes.
Pero dentro de sí, aún pululaban esas presencias. Haciendo presión para escapar, por eso no podía abandonar este cuerpo.
Sabía que había estado en El Borde, el lugar al que van los que no duermen, almas en espera, millones de conciencias aguardando la oportunidad de ocupar un envase vacío, una sustancia para hacer palpable su espíritu.
Millones asesinados buscando venganza, legiones de enamorados anhelando ver otra vez a sus amados, incontables que solo buscaban decir sus últimas voluntades a algún doliente, y también algunos que simplemente querían avisar de la existencia de otro lugar después de la nada.
Pero también había asesinos aquí, infames, indignos que sabían que la próxima estación era un lugar aún peor que El Borde. Reos a sabiendas que la condena era eterna, cosas tirrias, entes atroces que podían explotar fisuras hacia el lugar del que habían sido arrojados.
Esteban mismo era una brecha, y no debía permitir que los que no duermen, los etéreos, le quiten el cuerpo de su hijo.
- Es Rodrigo, saludalo mi amor.. - los labios eternamente rosados de Virginia.
No volvió a mirar a Rodrigo, quizá por miedo a ser engañado una vez más en una segunda vida, sus ojos permanecían engarzados a su esposa, su madre en realidad. Pensó en que necesitaba un psicólogo, alguien que le ayudase con este naciente Edipo.
- Mmmamá - dijo, y lo asustó decirlo con una voz diferente.
- Si mi cielo, soy mamá - y lo besó suavemente en los labios.
Con un amor diferente.